Cambio climático: ahora o nunca

Cambio climático: ahora o nunca

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Chicago será mas frío que el Ártico y que Siberia esta semana como consecuencia del “vórtice polar”, un sistema de aire frío y de viento que se desprendió del Polo Norte. Las partes del vórtice impactarán particularmente a la zona del medio oeste estadounidense.

Así, Chicago probablemente alcanzará -32 grados centígrados, Madison -35 y Minneapolis podría llegar a -55[1].

Mientras tanto, en el hemisferio sur, treinta y tres récords de calor han sido superados tan sólo en lo que llevamos de 2019[2].

Ambos fenómenos son, desde luego, consecuencia del cambio climático; un fenómeno cada vez más palpable. Pero los efectos del cambio climático no se agotan en el calor o el frío sin precedente.

Este año, el informe “Evaluación de riegos globales” compilado por 17 agencias de inteligencia estadounidenses y presentado al Senado de ese país, incluyó al cambio climático como una amenaza real y crucial para la seguridad global:

“La degradación ambiental y ecológica, así como el cambio climático, muy probablemente alimentarán la competencia por recursos, tensiones económicas y malestar social durante 2019 y más allá”[3].

En el mismo sentido, la ONU advirtió hace unos días sobre los múltiples impactos en materia de seguridad que habrá que enfrentar debido al cambio climático.[4]

A estas alturas sería difícil exagerar la urgencia o el nivel del riesgo que el cambio climático representa para los seres vivos en nuestro planeta. Ante la justificada sensación de amenaza, cada vez más personas deciden enfrentar este problema reduciendo su huella ambiental o los daños que causan al planeta desde del ámbito de influencia individual; es decir, a través de cambios en la vida privada. De esta forma, la idea es que uno puede contribuir a atajar este problema en la medida en que hábitos o patrones de conducta personales sean modificados -por ejemplo, consumiendo menos carne, utilizando menos energía eléctrica o no comprando cierto tipo de productos-.

Lo anterior tiene sentido; es bien sabido que hay distintas evidencias que respaldan una posición de esta naturaleza. En este sentido, hace unos días se dio a conocer la “dieta para la salud planetaria”, la primera dieta elaborada por un conjunto internacional de científicos que, basada en plantas, está diseñada para al mismo tiempo cubrir perfectamente las necesidades nutricionales humanas y evitar la catástrofe climática. Esfuerzos de este tipo son destacables y poca duda puede quedar que cada persona puede sumar al participar en ellos.

El problema es que, aunque necesario, este enfoque es insuficiente; a este ritmo, ni la cualidad ni la cantidad de las acciones individuales alcanzarían para detener el deterioro. Esto es cierto, en buena medida, porque la urgencia parece no estar sobre la mesa de un número suficiente de personas. Entre las razones para ello podemos incluir que, para muchos, el cambio climático, al producirse gradualmente, puede parecer irrelevante. Y es que un par de grados de calor adicional no alcanzan a reflejar la gestación de crisis como migraciones masivas, escasez de agua, menor producción de alimentos, o luchas geopolíticas por controlar recursos naturales; fenómenos que en las mentes más desinformadas sólo pueden encuentran cabida en novelas postapocalípticas.

A ello tenemos que sumar que desde la ultraderecha existe una batalla ideológica, bien organizada y apoyada por representantes políticos financiados por grandes capitales, que busca activamente convencer de que el cambio climático no existe, o que existe pero no es generado por seres humanos. Estados Unidos es un caso paradigmático de las formas que pueden tomar estas reacciones; en ese país, fuertes intereses representados por grupos ultraconservadores que siembran desinformación a través de posiciones de poder o redes.

De esta forma, un Presidente puede celebrar las bajas temperaturas en Twitter como evidencia de que el calentamiento global “es una farsa” o los escépticos del cambio climático pueden marchar de la mano de grupos ultraconservadores que incluyen racistas, sexistas o anti-vacunas [5]. 

Si bien México no ha llegado a extremos de este tipo, sería ingenuo pensar que en nuestro país no existen resistencias análogas a las que han surgido en Estados Unidos.

Así, a pesar de que cada vez es más la gente que cree que el cambio climático es real[6], el proceso de cambio de paradigma ha sido mucho más lento que el deterioro ambiental.

Una forma más contundente de responder al cambio climático implica que el poder ejecutivo de una nación se convierta en punto de lanza para hacer frente a este problema. La idea de fondo aquí es que para que los esfuerzos anti-cambio climático impacten decisiva y rápidamente se requiere que el gobierno de un país tome este problema con la seriedad que merece y que, en representación de sus gobernados, encauce al aparato del Estado a trabajar para, cumpliendo metas específicas, reducir el impacto generado.

Es importante aclarar que esta opción, claro está, no excluye la participación de cada individuo; por el contrario, un gobierno que trabaje con seriedad en este problema puede convertirse en el articulador de los esfuerzos que surjan desde la sociedad civil.

En este sentido, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha enviado señales positivas, pero tímidas. Si bien se ha reconocido que el cambio climático representa un gran riesgo para México y nuestro país ha afirmado su compromiso de cumplir los compromisos ambientales del acuerdo de París, lo visto hasta ahora no parece reflejar con contundencia la velocidad a la que el peligro se incrementa. El gobierno de México podría desde endurecer políticas para contener el deterioro hasta informar con más claridad a la ciudadanía de lo que está en juego.

Una de las objeciones principales a endurecer sanciones a compañías que contribuyan al cambio climático es que este tipo de políticas hace a las empresas menos competitivas y terminan dañando el desempeño económico de un país[7]. 

Este es justamente el argumento que Donald Trump ha empleado en Estados Unidos para justificar su desprecio a cualquier medida o acuerdo que pueda ser perjudicial para los grandes capitales de su país. Este argumento, desde luego, cae por su propio peso: de producirse por el cambio climático las peores consecuencias proyectadas, lo último que va a preocupar a los habitantes de un país es el crecimiento económico o su competitividad en el mercado. 

Por ende, para ser responsable el gobierno de México tendría que priorizar y dañar intereses que seguramente no cederán sin oponer resistencia.

Pero México sigue siendo parte del planeta Tierra y, por ende, su futuro no está exclusivamente en sus manos. El cambio climático podría seguir su curso a pesar de que México palomee todas las casillas necesarias para mostrar su compromiso de hacer frente a este fenómeno.

Por ende, la señal que mostraría el compromiso del gobierno de AMLO en este sentido es su mayor protagonismo en la arena internacional en los esfuerzos para contener el cambio climático. Esto no implica ni pedir ni esperar mucho. Tiene sentido que México, un país particularmente afectado por el cambio climático, busque impulsar o promover consensos que permitan que los esfuerzos de naciones coordinadas sean más efectivos o rápidos.

Si bien AMLO ha dicho que “la mejor política exterior es la interior”, en este caso particular la política exterior tendría impactos directos en lo que ocurra al interior de nuestro país.

El cambio climático es una amenaza real y crucial para la seguridad global; la magnitud de las catástrofes en puerta no tiene precedente; poca duda cabe de que México será una de las naciones más afectadas por estos fenómenos.

Por ende, nuestra reacción tendría que producirse en tres sentidos: en lo personal, como nación y en la arena internacional. Y, en todos los casos, esta reacción tendría que ser tan rápida como contundente.

Por Antonio Salgado Borge, 1 Febrero 2019

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