Acapulco arrodillado

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En aquella época ya la vida nocturna había cobrado fama internacional, con sitios como el Armando’s Le Club y después el famosísimo Baby’O, que se convirtió en el centro de reunión de la socialité mexicana por décadas

Al inicio de esta temporada vacacional —y contradiciendo a mi autoimpuesta disciplina de nunca viajar en temporada alta y menos a los sitios turísticos tradicionales— decidí confiar y pasar unos días en Acapulco, luego de varios años de no hacerlo.

¿En qué momento perdimos este paraíso? ¿En qué momento nos lo permitimos?, me pregunté en cada atardecer que pintaba el cielo de un naranja rosado espectacular, que cobija esas bahías que por décadas inspiraron a artistas, arquitectos y cineastas, a través de los cuales nuestro Acapulco hacía que el mundo entero diera una vuelta para terminar en sus playas.

Fue por décadas sinónimo de belleza, arte, sofisticación, deporte, fiesta y ¡libertad!, que fue lo más valioso que perdió. Porque un sitio donde uno recibe más de cinco recomendaciones de seguridad antes de salir a la calle o simplemente para tomar un taxi, es claramente un lugar que está secuestrado por el miedo, consecuencia de la violencia, que lo único que no se ha devorado es al mar…

Ese mar que meció la luna de miel de María Félix y Agustín Lara, la de John F. Kennedy y Jacqueline Bouvier, la de Elizabeth Taylor y Mike Todd, en aquella época de oro del Acapulco donde construían sus rincones de descanso celebridades como Mario Moreno Cantinflas, Diego Rivera, German Valdéz Tintán, Andrés García, Verónica Castro, Juan Gabriel y claro, Luis Miguel.

La primera gran producción cinematográfica que se filmó en la aún pueblerina costera de Acapulco, ocurrió en 1947 bajo las órdenes del gran Orson Wells, La dama de Shangai protagonizada por su entonces esposa Rita Heyworth.

Acapulco un día se pobló del glamour y la inversión de grandes capitales que encontrarían en el puerto inspiración, negocio y sobre todo seguridad, como fue el mítico caso en 1979 de Mohamed Reza Pahlevi, el sha de Irán, que viviría en México parte de su exilio, construyendo en Acapulco una legendaria mansión en el lujosísimo fraccionamiento de Las Brisas.

En aquella época ya la vida nocturna había cobrado fama internacional, con sitios como el Armando’s Le Club y después el famosísimo Baby’O que se convirtió en el centro de reunión de la socialité mexicana por décadas.

Hasta aquel 9 de agosto de 2005, cuando un cuartel de la policía preventiva fue atacado con una granada en Puerto Marqués, como si el crimen organizado anunciara de manera oficial su llegada al puerto.

En diciembre de 2006, casi 8 mil efectivos del Ejército, la Armada, la Policía Federal, la Fuerza Aérea y la extinta AFI se adueñaron de las calles de Acapulco con el fin de protegerlas. El resultado fueron 200 ejecuciones y decenas de ataques contra los elementos de seguridad.

Un soldado realiza un recorrido en la playa Tamarindos, como parte del operativo de seguridad a turistas, por las vacaciones de Semana Santa. Foto: Cuartoscuro

De ahí en adelante se hizo común —en el que fuera el más importante puerto turístico de México— oír hablar de Los Zetas, del Cartel de Sinaloa, del Pacífico Sur, del Independiente de Acapulco, del Cártel del Golfo y células de La Familia Michoacana…

Pese a todos los esfuerzos para fortalecer la seguridad, la resistencia de los inversionistas inmobiliarios y empresarios de turismo, hoy la presencia del crimen organizado en el puerto se nota de otras formas.

Se nota en las calles, en el miedo de la gente, de los comerciantes, en los restaurantes, cuando “los malos” llegan a ocupar una mesa se nota, en sus mujeres tan hermosas como sometidas, que caminan de su mano, luciendo sus cuerpos esculturales, pero a sueldo, porque se nota… en sus coches, sus escoltas, sus nuevas casas, sus nuevas vidas, su estridencia se nota.

En marzo pasado, el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal colocó a Acapulco como la segunda ciudad más violenta del mundo, por encima de Caracas en Venezuela, manteniendo el lugar que tenía en 2018 con 110.5 asesinatos por cada 100 mil habitantes.

La Autopista del Sol, la carretera en eterna remodelación, se ha convertido también en uno de los caminos más peligrosos, que durante el año registra levantones y asaltos.

El Tianguis turístico es indudablemente uno de los respiradores del “Bello Puerto”, y algunos otros eventos que consiguen maquillar la tragedia, pero solo para unos cuantos…

En mi viaje a Acapulco disfruté enormemente la belleza de sus vistas incomparables y la bahía con sus atardeceres espectaculares; pero también respiré el miedo en el ambiente, caminé pedazos del paraíso abandonado y me contagié de la nostalgia y la tristeza de mucha de su gente.

¿En qué momento nos permitimos perder Acapulco? Ese que hoy, y desde hace muchos años, se alimenta de la esperanza de algún día ser rescatado, y mientras tanto, está arrodillado.

Por Mónica Garza, 22 Abril 2019

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